. . . donde la discreción y la prudencia no tienen cabida y las palabras adquieren la dimensión justa de lo que cada cual esté dispuesto a percibir.

Te lo diré


Cuando quedamos a la espera de noticias
que nunca llegan
los minutos se transforman en horas
y las horas en días.





No sé dónde estás y esta carta la escribo, no por ti, no por lo que eres, tal vez por el pasado, tal vez por las cálidas y sosegadas horas que tu locura o capricho me hayan regalado. Y si digo locura no pienso en tu cabeza frágil, transmutable y voluptuosa, sólo pienso en los instantes en que de infernal pasión parecía tu corazón entregarse, como deshojando uno a uno los pétalos de una rosa. O tal vez escribo para mí, escribo para mi corazón, escribo para mi alma, o escribo para mis sentimientos que alguna compensación han de tener por haberlos feriado a cambio de vanidad y sufrimiento. [...] ¿Sabes lo que es el alma?, ¿sabes dónde se aprende a vibrar, a gozar y a sufrir con el dolor, la alegría y la esperanza?, ¿no lo sabes? pero ¿acaso crees que existen pasajes o tratados donde te enseñen a amar como hasta ahora nunca has amado?, ¿crees que conociendo a Sócrates, Platón o Aristóteles tu alma se te ensanche y pueda cimbrar como la mía te lo ha mostrado?. Yo te digo que no...
Perdóname por esta carta, aunque sé que nunca la enviaré. Primero porque no sé... dónde estás y segundo, porque después de amarte tanto, el alma que te escribe no te quiere ofender.                                            
Gonzalo Ayala, en 'La carta que nunca envié'
*Imagen adquirida de la web, desconozco la autoría

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