. . . donde la discreción y la prudencia no tienen cabida y las palabras adquieren la dimensión justa de lo que cada cual esté dispuesto a percibir.

El pecado de Eva

Nací un mes de octubre
al menos eso reza en mi documento de identidad
pero yo, sinceramente,
no guardo ningún recuerdo de ese día
como tampoco recuerdo los pecados cometidos,
en mi otra vida,
aunque debieron ser graves
porque la condena fue el destierro
en un lugar sepultado por las cenizas del infierno.

Eva se apresuró. Sus manos sudaban. Le pareció que el aire apenas alcanzaba su pecho. Extendió la mano. Su palma derecha tocó la áspera piel vegetal del árbol. Abrió los dedos. Oyó el retumbo de su cuerpo que palpitaba entero queriendo salirse de su envoltorio. Cerró los ojos. Entreabrió los párpados. Seguía de pié en el mismo lugar. Estaba viva. Nada había cambiado. No moriría, pensó. Comería y no moriría. Envalentonada se acercó a la rama más baja, tomó el fruto oscuro, suave al tacto. Lo llevó a su boca y lo mordió . . .
Gioconda Belli, en 'El infinito en la palma de la mano'
Premio Biblioteca breve 2008
*Imagen adquirida de la web, desconozco la autoría



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